martes, 14 de julio de 2009

EN AQUELLOS ESPEJOS...



Las pupilas dilatadas en medio de la noche, el rostro apenas tocado por el resplandor de una luna creciente que baila entre mis ojos reflejados en el espejo de la sala, absorbo el silencio de la noche junto al sonido palpitante del corazón que retumba los oídos.


Sé que él está ahí, lo siento en los cabellos erizados de mis brazos y en cada vértebra de la columna, como un observador silencioso que se nutre de mis actos, como una sombra que se alarga y proyecta desde la espalda hacia las múltiples paredes de la casa.


Me viro despacio sobre mi hombro y la casa misma parece mirarme desde sus rugosidades de madera, miles de ojos de níspero y pino, mirando con amor a su habitante más cercano, adornos, china, platillos y fotos, todos grises y opacos ante la escena lunar, pero a la vez llenos súbitamente de la vida impregnada por treinta años de recuerdos y varias almas insanas que han rondado incasablemente aquellos ladrillos rojos y terrazas de cemento.


Y yo ahí, inmóvil, como si estuviese de nuevo entre la selva virgen de mi montaña, aterrado entre jaguares alucinantes de agua y roca, apenas consciente del cuerpo, sintiendo el aire, las paredes, el suelo mismo, y su presencia, profunda, intensa...

Preguntas agolpadas en mi cabeza, sentimientos dispersos como llamaradas, pero la opresión pasa, puedo despegarme del espejo y mover mi cuerpo con renovada libertad, me pregunto entonces si así, al igual que él, yo volveré a la casa a verme en aquellos espejos... al morir.


Alberto Sánchez Argüello
Octubre 2006